12 de marzo de 2026
Los números son contundentes. Se estima que para 2035 una de cada dos personas vivirá con sobrepeso u obesidad, según proyecciones de la World Obesity Federation. Actualmente, 543 millones de niños y adolescentes presentan exceso de peso y alrededor de 1,7 millones de personas mueren cada año por enfermedades asociadas al exceso de peso.
En Argentina, el contexto socioeconómico agrava la situación. “No es solo obesidad: todas las enfermedades crónicas están empeorando. La calidad nutricional de la alimentación ha bajado y el acceso a alimentos saludables es cada vez más difícil”, señala Gutt. “La obesidad avanza junto con la pobreza y la diabetes avanza junto con la obesidad. Son enfermedades que crecen en paralelo”, agrega.
Durante gran parte del siglo XX, la obesidad se explicaba como un simple desequilibrio entre lo que se ingiere y lo que se gasta. El foco estaba puesto en la conducta individual.
En 1994, el descubrimiento del gen de la leptina, una hormona producida por el tejido adiposo, confirmó que la obesidad tiene una base biológica concreta. Estudios genéticos posteriores mostraron que su carga hereditaria puede oscilar entre el 40 y el 70 %. Al mismo tiempo, se identificaron hormonas producidas en el tubo digestivo que envían señales al cerebro sobre el estado energético del organismo. Esas señales llegan al hipotálamo, donde funcionan dos mecanismos opuestos: uno estimula el apetito y otro lo frena. El equilibrio entre ambos regula la sensación de hambre y saciedad.
“Pronto se vio que no todas las obesidades son iguales. Hay personas que no comen por hambre fisiológica ni se detienen por saciedad, sino que responden a lo que se llama hambre emocional, vinculada a la dopamina y a la corteza prefrontal. Comer puede responder al placer, a la recompensa o al deseo, y estos mecanismos varían según cada persona”, explica Gutt.
“Hoy se entiende que la enfermedad no está en la ‘falta de voluntad’ ni solo en el tejido adiposo, sino principalmente en la regulación cerebral y en los mecanismos neurobiológicos que influyen en la conducta alimentaria. Por eso se habla de una enfermedad neurobiológica”, añade.
En los últimos años se incorporaron fármacos que actúan sobre los mecanismos cerebrales que regulan el hambre y la saciedad, como la semaglutida y la tirzepatida. “La farmacoterapia nos permite tratar la causa de la enfermedad, porque verdaderamente estos fármacos se dirigen a la parte neurobiológica. Son muy efectivos”, explica la Dra. Gutt. Sin embargo, no se trata de tratamientos acotados en el tiempo sino crónicos, lo que multiplica los costos.
“La población de menores recursos es la que más prevalencia de obesidad tiene y la que menos posibilidades tiene de comprar el fármaco. Estamos en una encrucijada”, señala.
Un error frecuente es creer que el fármaco resuelve el problema por sí solo. “Estos medicamentos no curan. Si no consolidás cambios en el estilo de vida, el peso puede recuperarse. El cuerpo tiene una flexibilidad metabólica que lo empuja a volver al peso anterior, por eso se necesita tiempo. Hay que usarlos al menos dos años para poder resetear el peso de equilibrio”, explica.
Los fármacos actúan sobre el cerebro, pero no trabajan solos. Según Gutt, el abordaje conductual es parte central del tratamiento e implica trabajar la función ejecutiva: aprender a interpelarse en el momento en que aparece el impulso. El objetivo es que esa decisión consciente, repetida en el tiempo, se convierta en un hábito. También contamos con la cirugía metabólica (bariátrica) en el caso de obesidades severas o que no responden a tratamientos farmacológicos.
El diagnóstico no se limita a un número en la balanza. Aunque el Índice de Masa Corporal (IMC) continúa siendo una herramienta útil a nivel poblacional por su simplicidad, hoy se sabe que no refleja por sí solo la complejidad de la enfermedad.
En la práctica clínica se complementa con la medición de la composición corporal, que permite determinar el porcentaje real de grasa mediante técnicas como la antropometría o la bioimpedancia eléctrica. Esto brinda una evaluación más precisa. Además, existen sistemas de clasificación, como el de Edmonton, que consideran no solo el peso sino también la presencia de complicaciones médicas, el estado metabólico y el impacto emocional.
La obesidad es una enfermedad que aumenta el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedad cardiovascular, hígado graso metabólico, enfermedad renal crónica, apnea del sueño y otros trastornos respiratorios y articulares, entre otros.
En la infancia, el escenario es especialmente preocupante. Argentina presenta una de las tasas más altas de sobrepeso en menores de 5 años en la región. Los primeros 1.000 días de vida, que incluyen el embarazo y los primeros dos años, son determinantes. En ese período se producen modificaciones epigenéticas que marcan la biología del individuo para el resto de su vida.
La prevención comienza en el entorno familiar, advierte Gutt. “La mejor forma de enseñar hábitos saludables es que la familia coma saludable y se mueva. Los chicos copian conductas”, sostiene la especialista.
“A toda edad se puede hacer algo. La base está en comer saludable, dormir bien, moverse y tener una vida que te guste. Los tratamientos farmacológicos son una herramienta valiosa, y se vienen cinco drogas mejores todavía, pero el cambio de estilo de vida siempre es el punto de partida”, concluye la Dra. Gutt.
Susana Gutt es magister en Educación y médica del Hospital Italiano de Buenos Aires. Es directora de la Diplomatura en Cirugía Metabólica Universidad Austral y de la Diplomatura en Educación para el automanejo en Diabetes y otros factores de riesgo cardiovascular Universidad Nacional Nordeste (UNNE). Es miembro titular de la Sociedad Argentina de Nutrición, Sociedad Argentina de Diabetes y de la Sociedad Argentina de Cirugía de la Obesidad.
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